domingo, 11 de noviembre de 2012

Aquella tarde.

Los gemidos, los rugidos, los despertares,
los bostezos, los cuchicheos, las caricias,
las besos, los abrazos, las ventiscas.

Eso, todo eso que ya no tengo
pero que un día 
tuve entre mis brazos.

Todo eso, quiero decir,
se presentó de frente y de golpe 
cuando vi tu llamada.

Querías quedar para tomar un café
-sabes que lo odio
y para ponernos al día
-sabes que lo adoro.

Dime qué ha sido de ti 
todo este tiempo.
Si has sido feliz y con quién.
Aunque me duela, dímelo.

La noche es una y solitaria,
vamos a emborracharla de sudor.

Estás más delgada.
Pero aún así sigues teniendo esa figura
de actriz francesa de los años 70
que tanto me cautivó una vez.

Yo, por el contrario, ya ves:
la cabeza desquiciada de problemas
y poesía,
la voz hecha añicos por el tabaco
y las deudas,
el porte desgastado por los años
y la cara llena de cicatrices 
que me dicen quién soy.

Nos fuimos al piso
porque sentías añoranza.
O eso decías.

Te invité a una cerveza
y puse algo de música
para hacer más llevadera
esta condena de tenerte cerca
y tan lejos.

Me preguntaste si seguía escribiendo.

-Claro que si, joder,
es lo único que me lima las asperezas.

Te dejé los últimos poemas
que había escrito.

Bienvenida a mi mundo,
hay poesía en cada esquina
pero cuidado con los reproches
y su autodestrucción.

Rompiste a llorar.

Esa no era mi intención, lo juro.

Te abracé porque tenía que hacer algo
y la música bailó alrededor nuestro,
como dejando caer sobre nosotros
una tela de años y recuerdos
que nos atrapó.

Te imaginé desnuda. Bailando.

El humo del peta era tu único traje.
El único con el quería verte ese día.

-Está lloviendo mucho,
quédate a dormir esta noche.
Te dije.
-Te cedo mi cama, 
yo dormiré en el sofá.

Aceptaste como quien acepta un reto.

Pasé la noche entera
mordiéndome las ganas de saltar
encima tuyo.

Pero te oía llorar y me entró el pánico.

Suerte que la ventana estaba cerrada.

A la mañana siguiente te preparé el desayuno
con lo poco que me quedaba en la nevera.
Tan vacía como yo.

Tenías que ir a trabajar y te fuiste rápido.

Nos despedimos como dos extraños.

Pero ese día te sentí tan mía
que hoy todavía
sigo escribiendo.

Esta vez para hacerte reír, querida.
Eternamente tuyo, Philosophia.

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